Averías



Margareth iba camino al trabajo cuando vio aquella extraña autopista, llevaba los últimos tres años pasando por ahí cada día y podía jurar que nunca antes la había visto. Dio vuelta en el auto introduciéndose en ella, todo le parecía tan extraño, las cosas se veían exactamente igual, pero a Margareth le parecía que estaba en otro país completamente diferente. Manejó alrededor de tres kilómetros hasta encontrarse con el letrero aquel que decía: bienvenido a Mississippi. Conocía Mississippi como la palma de su mano y nunca antes había visto aquel lugar, pero por supuesto que estaba ahí, sabía que era Mississippi, entonces, ¿por qué aquella sensación de estar en un lugar completamente diferente?


Se orilló, bajando del auto, iba a llegar tarde al trabajo, pero el impulso de ir aquella casa fue mayor. Caminó, la casa estaba en medio de ese bosque pegado a la autopista y desde ahí le había parecido que estaba más cerca de lo que en realidad estaba. Caminó y caminó, sentía el sudor en la frente, pero al fin llegó. Era una casa sumamente bonita con un terreno enorme lleno de naturaleza, el pasto y el paisaje verde resplandecían alrededor.


Margareth posó sus ojos azules en la ventana observando el interior y viendo a aquella mujer sentada tocando el piano. Se sintió hipnotizada, completamente hipnotizada por lo que veía y escuchaba.


Embriagada por la curiosidad, caminó hacia la puerta tocando un par de veces y entonces la puerta se abrió. Ahí estaba aquella mujer que segundos antes estaba tocando el piano, Margareth la observó con atención, observó sus ojos grandes color miel, su piel blanca, su boca ligeramente abierta en señal de sorpresa, observó también su cabello ondulado y largo, se dio cuenta lo atractiva que era. Y de pronto observó también a la otra mujer al lado de ella, una mujer idéntica… ¿a ella misma? ¿Cómo era posible aquello? Era como estarse observando en un espejo, era como observar una copia idéntica de ella misma. Los mismos ojos azules, el cabello pelirrojo, la piel blanca, las pecas, el cuerpo, todo, absolutamente todo. ¿Una gemela? Sintió que iba desmayarse en ese preciso momento. Y entonces corrió, alejándose de ahí, quería irse lejos. La mujer idéntica a ella iba detrás…


─¡Espera! ─le gritaba.


Margareth se detuvo sin saber qué hacer. Volteó, encontrándose de frente con aquella mujer, observándola muy de cerca y dándose cuenta que realmente era idéntica a ella. Ambas se observaron con sorpresa, confundidas por eso que tenían frente a sí mismas.


─ ¿Quién eres? ─Le preguntó la mujer, sin dejar de verla ni un solo segundo.


─ Yo… Yo me llamo Margareth ─respondió dubitativamente con nerviosismo. ¿Cómo podía ser igual a ella?


─ Yo también me llamo así ─ volvió a decir la mujer, esta vez con miedo en la voz, -¿cómo es posible? ─Preguntó, lanzando la pregunta al aire.


─No… no lo sé, yo solo de pronto estoy aquí en este lugar…


La mujer frunció el ceño, después de unos segundos de silencio, le dijo que volvieran a su casa, que ahí podrían hablar con más calma. Sin estar muy segura, Margareth aceptó. Al llegar a la casa ahí estaba mujer que minutos atrás tocaba el piano esperándolas, Margareth entonces supo que su nombre era Amber.


La hicieron pasar al comedor y en el camino no pudo evitar ver todas esas fotos de ellas juntas, era claro que eran pareja. Estaba sentada frente a ellas sin saber qué hacer y sin poder creer aún que esa otra mujer fuera idéntica a ella misma.


─Así que… Tú también te llamas Margareth ─dijo Amber confusa, rompiendo el silencio y sin dejar de observarla, no podía creer lo que sus ojos observaban.


─Yo no entiendo que está pasando aquí- Alternaba la vista entre Amber y la otra Margareth, aunque observando más de la cuenta a Amber sin poderlo evitar; le parecía la mujer más bella que había conocido.



─ ¿Cómo llegaste aquí? ─Preguntó la otra Margareth, haciendo que dejara de observar a Amber y la observará a ella.



─Yo… ─Margareth dudó, recordando cómo había sucedido todo. ─ Estaba manejando directo al trabajo y de pronto vi aquella carretera.



Margareth entonces contó cómo había manejado por la carretera, cómo le parecía que el paisaje de pronto había cambiado por completo y cómo había observado la casa, la casa de ambas a lo lejos. Platicó también el impulso que le hizo estacionar el vehículo en la entrada del bosque y caminar hacia la casa.

Después de otras preguntas más de ambas mujeres, las tres estaban más confundidas que nunca. El lugar donde Margareth decía trabajar no existía en Mississippi o al menos no en el Mississippi que ellas conocían. Margareth, la que vivía en aquella casa, se levantó, yendo a buscar su teléfono. Regresó, ya con el teléfono en el oído, hablando con su madre, después de un poco de charla introductoria Margareth al fin le preguntó…

─ ¿Tengo una hermana gemela?


Margareth llevó la vista hacia Amber, quien le sonrió sutilmente, podía notar la curiosidad con la que la observaba y sabía que no era para menos, estaba observando a dos mujeres exactamente iguales. Estaba observando a otra mujer idéntica a su pareja.

─No, no estoy bromeando ─Margareth al teléfono ─ Es que… no, solo olvídalo, mamá ─dijo un poco cansada. Después de un poco más de charla, al fin se despidió de su madre.

─Creo que mi madre me tomó un por loca ─dijo sentándose de nuevo en la mesa al lado de Amber y frente a Margareth. ─Dice que no tengo una gemela, para nada. ─Suspiró. ¿Qué estaba sucediendo entonces?

─ Tal vez… todo esto es una falla en la realidad… una avería ─ Dijo Amber de pronto, las dos Margareth la observaban sin entender a ciencia cierta a qué se refería. ─ Sí, hace unas semanas corrió el rumor que se habían abierto una especie de portales, quiero decir, portales que conectaban con otros universos…

─ ¿Universos paralelos? ─ Pregunto la otra Margareth, inclinando el cuerpo hacia Amber.

─ Sí… lo que sucedió en Chihuahua, hace un par de semanas esas personas que dijeron visitar una especie de universo paralelo o algo así…


A su vez, Margareth no entendía de qué hablaban, permaneció en silencio, la otra Margareth suspiró y volvió a hablar.

─ En este momento ya nada me parece descabellado ─agregó. Y lo cierto era que a ninguna de las tres les parecía descabellado aquello.



Después de charlar un poco más, acordaron que al día siguiente irían al lugar donde Margareth había dejado el auto.



La llevaron a la habitación de huéspedes y ellas entonces se fueron a su propia habitación.



Margareth no podía dormir, no sabía qué era lo que estaba sucediendo y todo le daba vueltas en la cabeza. ¿Cómo era posible eso, cómo podría existir otra mujer idéntica a ella viviendo otra vida, completamente diferente, y en un lugar al parecer igual, aunque esté al parecer era también completamente diferente? ¿Cómo había llegado ella misma ahí? Todas esas interrogantes la agobiaban, dándole vueltas en la cabeza sin parar. Sentía que la cabeza le iba a estallar en ese preciso momento. Y por otro lado también estaba Amber, lo cierto era que no podía dejar de pensar en ella.



De pronto escuchó un ruido que hizo que se levantara de la cama rápidamente, salió de la habitación, el miedo le recorría cada parte del cuerpo. De nuevo escuchó una especie de golpe que venía de la otra habitación. Estaba por preguntar si todo se encontraba bien, cuando algunos suspiros, risas y gimoteos se escucharon. Avergonzada caminó de prisa, dirigiéndose de nuevo a su habitación. Volvió a acostarse en la cama y negó con el rostro, resoplando.



Solo están haciendo el amor, se dijo. No pudiendo evitar pensar que quería ser la otra Margareth, esa que estaba dentro de aquella habitación.



La mañana llegó y Margareth había logrado dormir al fin, así que no despertó hasta muy entrada la mañana, casi llegando la tarde. Bajó las escaleras hasta llegar a la cocina donde ya en el comedor, la otra Margareth y Amber comían.



─ Ven a comer ─le dijo Amber, con una ligera sonrisa, levantándose para ir por un plato.



Margareth con timidez, se acercó, sentándose en el asiento disponible frente a la otra Margareth.



─ Cuando terminemos de comer iremos al lugar ─ le dijo con una sonrisa; Margareth se estremeció, aún no podía acostumbrarse a observar aquella sonrisa y esos gestos suyos en otra persona.

Al llegar al lugar el auto ya no estaba, había desaparecido. Margareth no podía creerlo, estaba completamente segura que justo en ese lugar lo había dejado. ¿Se lo habrían robado? Dijo, pero sabía que eso era casi imposible en aquel lugar. Margareth y Amber estaban casi seguras que nadie se lo había robado.



¿Cómo regresaría entonces, si todo eso que había debía estar ya no estaba? Sintió una opresión en el pecho y la otra Margareth al notar la reacción su reacción le dijo con amabilidad que regresaran a la casa y ahí con tranquilidad podrían decidir mejor.



─ ¿Cómo voy a regresar? ─ Dijo Margareth con una mueca, mientras se sentaba en el sofá. Las otras dos mujeres imitaron la acción.



─ Podemos llevarte a tu casa ─Respondió la otra Margareth, dudando de sus propias palabras.



─ Todo esto es diferente ─negó Margareth rápidamente─ la carretera ni siquiera es igual; todo lo que está alrededor, todo es diferente ─Su voz sonaba asustada, no entendía qué estaba sucediendo.



Se levantó del sofá, lo cierto era que estaba muy asustada. Amber fue junto a ella le tocó el brazo y habló con calma.



─ Mañana haremos un recorrido, encontraremos la manera y mientras puedes quedarte aquí todo el tiempo que sea necesario ─ le sonrió con amabilidad.



Margareth tragó saliva, no podía entender todo eso que sentía cuando Amber se le acercaba o incluso solo con verla. Se disculpó y subió a la habitación, necesitaba estar sola.



¿Y si nunca podría regresar a su vida, a su propia… realidad? ¿Tendría que quedarse ahí para siempre? Todos esos pensamientos comenzaron a aparecer, aunque lo cierto era que le parecía que en realidad nadie la estaba esperando. Bueno, es decir, tenía a su familia, tenía algunos amigos, pero no había nadie como ella, no había ninguna Amber en su vida.



Se recostó en la cama y cerró los ojos, trayendo a su mente la imagen de aquella mujer, negó rápidamente, era la pareja de Margareth, es decir, era la pareja de… ¿ella misma? Qué extraño era todo. ¿Estaba enamorada de la mujer de su otra yo? Volvió a negar, intentando sacar de su mente todos esos pensamientos.



Después de algunas horas, salió de la habitación, notó que la tarde había caído y comenzaba a oscurecer, salió de la casa, dirigiéndose hacia la pequeña cabaña, que se encontraba al lado, desde que la había visto le había parecido muy bonita y quería verla de cerca. Entró en ella notando una ligera luz apenas perceptible, entonces se encontró con Amber pintando un paisaje que le pareció espectacular, no podía observarse mucho alrededor, pues la luz únicamente iluminaba el lienzo y el rostro de Amber frente a él.



─ Mar… ─dijo ligeramente Amber sin despegar el rostro y las manos de la pintura. ─ Ven… ─ le dijo con sutileza. Margareth, un poco confundida, obedeció.



Inmediatamente Amber se levantó, acercándose a ella, la tomó por la cintura jalándola hacia ella y la besó. Margareth al principio se quedó estática sin saber qué hacer, el beso entonces se intensificó hasta que Amber retrocedió.



─Lo… lo siento, creí que eras Margareth ─Dijo nerviosa y trabándose con sus palabras. Se quedó en silencio al darse cuenta que si era Margareth, aunque no la Margareth que ella creía que era. Sin esperar la respuesta, Amber salió rápidamente de ahí.



El siguiente día el camino recorriendo el lugar fue sumamente incómodo, al menos así se sentía el ambiente, Amber que solía ser muy amable y agradable iniciando las charlas, permaneció en silencio, solo Margareth, la otra Margareth, habló durante todo el trayecto. El recorrido no rindió ningún fruto, Margareth no encontró ni su auto ni nada que se le pareciera a lo que ella recordaba. Los siguientes días tuvieron el mismo destino, ni un solo rostro del auto ni de lo que tendría que estar en la realidad que Margareth conocía.



─ Tal vez el portal se ha cerrado. ─ Dijo de pronto Amber al sentarse en la mesa, estaban por cenar. Desde el día de aquel beso accidental Amber había mantenido distancia con Margareth. Ella lo entendía y tampoco sabía qué hacer, no sabía si debía disculparse, aunque no sabía muy bien por qué. Lo que le quedaba claro es que la otra Margareth no parecía haberse enterado de absolutamente nada.



─ ¿Cómo? ─Preguntó, observando a Amber, Margareth la imitó y era casi irreal ver a las dos haciendo los mismos gestos, teniendo la misma mirada, cada mínima reacción. Los gemelos solían tener diferencias, que si los observabas bien podías notarlas, pero ellas eran exactamente igual, como un espejo la una de la otra.



─ Según lo que han dicho es que esos portales se abren y se cierran, supongo que en algún momento volverá a abrirse ─Amber intercaló su vista entre las dos mujeres, no podía comprender cómo podían ser iguales, eran la misma persona, pero a la vez no lo eran.



─ Entonces solo tenemos que esperar ─agregó la otra Margareth dándole una ligera sonrisa a ambas.







Los días pasaban y Margareth se iba haciendo parte de la vida de ambas mujeres, iba conociéndolas más poco a poco y descubriendo sus actividades y vida cotidiana. Margareth era chef y tenía negocios relacionados, restaurantes que de vez en cuando tenía que atender, también había sido modelo y ahora ya solo vivía de lo que había hecho, así como de sus ganancias. Amber, a su vez, era pintora y escritora, había leído un poco ya de algunos de sus libros y visto sus pinturas, era sumamente talentosa, una artista en toda la extensión de la palabra. Intentaba no acercarse demasiado a ella, aunque a veces le era más que inevitable.



Entonces había llegado el día en el que la otra Margareth tenía que viajar a la ciudad, un par de días por cuestiones de sus negocios. Margareth había notado también el amor tan inmenso que existía entre ambas mujeres, le habían contado su historia de amor y solo tenía que ver las fotos y ver la manera en la que se miraban para darse cuenta del amor que existía entre ambas.



Y la verdad, era que, aquello le hacía anhelar algo igual.



El día llegó, la otra Margareth se despidió y por primera vez Amber y Margareth se quedaron solas.



Al principio Margareth pudo notar que Amber la evitaba constantemente, pasando la mayor parte del tiempo en aquella cabaña, que usaba para escribir y pintar, hasta que el encuentro fue inevitable.



─Quisiera pedirte una disculpa ─ comenzó a decir Margareth, ambas estaban en la cocina. Amber volteó a verla y frunció el ceño sin comprender.



─ Una disculpa ─preguntó confundida.



─ Sí, por lo que sucedió ─Amber permaneció en silencio aún sin entender. ─ Quiero decir, el otro día en la cabaña…



─ ¡Oh! ─ respondió Amber ─ No, no fue tu culpa ─agregó con una ligera sonrisa nerviosa. ─ Yo, yo fui la que se confundió.



─ No imagino cómo debe ser para ti ver a dos mujeres exactamente iguales ─dijo Margareth recargándose en la mesa, Amber sonrió con más comodidad.



─ Bueno, es muy extraño, si te soy sincera, una situación que nunca pensé ver ni vivir ─ respondió, un poco divertida. Margaret sonrió también.



Amber se quedó observándola fijamente.



─ ¡Dios! Es que tienes la misma sonrisa, es exactamente igual ─ Margareth sintió un escalofrío cuando observó que Amber se acercaba a ella. ─Eres exactamente igual a ella ─ Las manos de Amber recorrieron su rostro y entonces Margareth sintió aquel estremecimiento de nuevo. ─Los mismos ojos azules, la misma expresión─ siguió diciendo Amber recorriendo con su mano el rostro de Margareth, hasta que se detuvo y retrocedió. Lo único que se escuchó fue la rapidez con la que Amber subía las escaleras, alejándose de ahí, y el ruido de la puerta cerrando su habitación.



Margareth en la cocina, cerró los ojos y suspiró.



El camino de nuevo fue silencioso, aunque esta vez mucho más, pues no estaba la otra Margareth para romperlo. Al llegar al lugar ambas notaron algo diferente, rápidamente Amber se estacionó y bajaron del vehículo. Observaron con atención, el portal se había abierto de nuevo.



─ Es aquí ─dijo Margareth sin saber en realidad qué decir.



─ Es un portal. ─Dijo Amber con la voz sorprendida. Su rostro expresaba lo que estaba sintiendo, no podía creer estar viendo aquello frente a ella, por supuesto que había leído y había conocido todo aquello, pero verlo con sus propios ojos era inexplicable. Era un portal a un universo paralelo.



─ Creo que… voy a regresar ─ Margareth caminó, acercándose al portal. Amber la tomó del brazo con rapidez.



─ No… espera, no puedes irte así ─ hizo una pausa. Margareth la observó con intensidad ─ Debes… debes esperar a Margareth ─ agregó Amber nerviosa, soltándola.



─ Pero, ¿y si se cierra de nuevo qué haré entonces? ─ Preguntó Margareth, alternando, la vista entre ella y el portal.



─ No, no se cerrará ─ Respondió Amber sin saber porqué lo decía con tanta seguridad.



─ No se cerrará hasta que tú entres en él.



Margareth frunció el ceño sin entender, después de dudarlo, finalmente accedió y regresaron de nuevo a la casa.



Al bajar del vehículo, Margareth se acercó a Amber, ahora fue ella quien la tomó del brazo, la acercó hacia sí, notando su rostro muy de cerca, rostro que le expresaba sorpresa. Sin esperar más la besó, Amber no se alejó enseguida, respondió el beso y rápidamente se intensificó, las lenguas chocaron y las manos se afianzaron al cuerpo de la otra. Hasta que Amber retrocedió.



─ No ─ dijo con la respiración aún agitada, apartándola ─Esto no está bien ─ negó rápidamente dirigiéndose hacia la casa, mientras Margareth permaneció ahí, sintiendo que el corazón iba a salírsele en ese momento.



Amber se encontraba sentada en la mesa con una taza de té entre ambas manos Margareth la observaba con atención, no podía creer lo bella que era.No sabía muy bien qué iba a hacer, pero aun así lo hizo, se acercó, jalando una silla sentándose en frente de ella. Amber que estaba sumergida en sus pensamientos, reaccionó hasta que Margareth le quitó la taza de té de las manos, colocándola en la mesa y tomando las manos de Amber entre las suyas.



─ Ven conmigo ─dijo Margareth de pronto, Amber fruncióel ceño sin entender, intentó desprender las manos, pero Margareth las apretó de nuevo.



─ ¿De qué hablas? ─ Preguntó Amber confundida.



─ Ven conmigo a mi mundo.



─ ¿Qué? ¡No! ─ Amber se levantó con rapidez.



─ Yo sé que algo te pasa ─ dijo Margareth con inseguridad ─algo nos pasa ─ agregó, mientras metía la mano al bolsillo de su propio suéter.



─ Es que eres igual a ella, todo es porque eres igual a ella. —respondió, intentando encontrarle un sentido a lo que quería expresar, a sus propias emociones.



— ¡Pero no soy ella! —dijo Margareth alzando un poco la voz y levantándose de la silla. Se acercó Amber quedando muy cerca, cuando de pronto la voz de la otra Margareth se escuchó.



— ¿Qué pasa aquí? —Preguntó confundida, llevando su vista primero Amber y luego a Margareth. Entonces, Margareth rápidamente caminó dirigiéndose a las escaleras, alejándose de ahí.



La otra Margareth se agachó, tomando el papel que Margareth había dejado caer al suelo sin querer al salir casi corriendo.



— Amber, ¿qué pasa? —Preguntó muy confundida al observar la expresión en el rostro de Amber. Amber permaneció en silencio algunos segundos, caminó hacia una silla de la mesa sentándose en ella. Margareth la imitó.



Al estar sentadas Margareth comenzó a leer aquel papel que había recogido del suelo. Su rostro, la expresión en él se fue deformando al leer aquello.



— ¿Vas a irte con ella? —Preguntó de pronto, Amber frunció el ceño sin comprender.



— ¿Qué? —Preguntó confundida. —No… Yo… —decía sin poder terminar la oración.



— Aquí te lo escribe y dice también que está enamorada de ti.



Margareth extendió el papel y Amber lo leyó.



—Yo… yo puedo explicártelo todo —le dijo alzando la mirada, observándola casi suplicante. Entonces le contó lo que había sucedido, el beso accidental, los acercamientos, el otro beso, lo que había sucedido momentos atrás. Le contó todo, absolutamente todo.



— ¿Estás enamorada de ella? —Preguntó Margareth con la voz temerosa, tragó saliva ante aquellos pensamientos que rondaban por su mente.



—¡No! Claro que no — respondió Amber de inmediato. — Es solo que ¡Dios! Es idéntica a ti, es algo tan… tan extraño, muy confuso — agregó con sinceridad.



Margareth permaneció en silencio algunos segundos, reflexionando lo que estaba sucediendo, sabiendo que era cierto, aquello era demasiado extraño para ser real; era descabellado, una situación en un millón.



— Es que ella soy yo, digo alguna forma soy yo, una parte de mi — Dijo un poco más para si misma. — Vaya, nunca creí que mi propia yo intentaría quitarme a mi mujer —agregó bromeando, con el tono mucho más relajado, una risa salió de ella, Amber también rió un poco, es que aquello era tan bizarro, que la risa era lo más adecuado de pronunciar



— Yo no creí que con la única persona que me podría confundir, sería contigo misma, con una versión de ti…



Recordó aquellos otros coqueteos de otras mujeres, de hombres también, recordó lo irrelevantes que habían sido para ella, el amor que le tenía a Margareth era inmenso. Margareth sonrío, ella lo sabía a la perfección, pues su amor era completamente igual.



— Bueno, tiene sentido… nos atraemos en todas las vidas, en todos nuestros yo…



—Ya sabes, te amo en todas las vidas, mi amor —Respondió Amber, recordando aquellas palabras que habían pronunciado el día de su boda. Estiró la mano, Margareth obedeció la acción y colocó la suya encima.



—Creo que tengo que ir a hablar con ella —dijo Margareth. Se levantó caminando hacia ella, dándole un beso en la frente y después se dirigió hacia el piso de arriba.



Tocó la puerta que estaba entreabierta, hasta que oyó la voz indicándole que pasara, Margareth se encontraba sentada en la cama, tenía el rostro desencajado. Aún no había visto a la cara a la otra Margareth.



— Se te cayó esto —Dijo la otra Margareth extendiéndole la carta. Margareth enrojeció visiblemente.



—Perdón —respondió casi inaudible, después de algunos segundos en silencio su semblante y su voz mostraban la vergüenza que sentía —Yo, yo no sé… perdón… —Repitió sin poder pronunciar bien las palabras.



—Nunca pensé que harías algo así —comenzó a decir la otra Margareth sentándose también en la cama —Que estuvieras dispuesta a quitarme a Amber —su voz sonaba casi a reclamo. —Yo nunca te hubiera hecho algo así, quiero decir tú eres yo y yo soy tú —decía confundiéndose un poco con las palabras, Margareth agachó la mirada. — Miento… creo que yo también hubiera hecho lo mismo — agregó suavizando el tono casi bromeando. Margareth alzó el rostro y frunció el ceño sin entender. — Crees que estás enamorada de ella…



—Lo estoy, la amo —interrumpió Margareth con un hilo de voz, ambas se observaron por primera vez.



— Estás enamorada de la idea, de lo que crees qué es, de lo que tenemos, no de ella, Margareth. La otra Margareth sintió un escalofrío al decirle su propio nombre; era ella misma, una versión de ella. —No puedes amar a alguien que no conoces, a Amber la conoces hace dos semanas…



Margareth tragó saliva, permaneció en silencio reflexionando las palabras que acababa de escuchar.



—Yo — su voz sonaba entrecortada, resopló antes de volver a hablar— es que lo que no entiendo es porqué en mi mundo no hay alguien como ella. Yo ahí estoy estoy completamente sola.



La otra Margareth se acercó un poco a ella, con calma volvió a hablar



—Eso tampoco lo sé, en esa otra vida, tu vida, tú tienes una hermana, yo en esta no tengo ningún hermano. Creo que son las decisiones que tomamos, las circunstancias… No lo sé, lo que sí sé, porqué he estado en tu lugar, es que la solución a lo que sientes, al vacío… a la soledad que sientes no está en alguien más.



—Es muy fácil decirlo para ti —interrumpió Margareth resoplando —tú la tienes a ella; te ama, se aman.



La otra Margareth sonrió con amabilidad.



—Lo que he aprendido al estar con Amber, es que antes de amar a alguien más debo amarme a mí misma. ¡Dios Margareth! No sabes todo lo que he pasado para llegar a este momento de mi vida. Me drogué, casi me destruí la vida por completo. —Margareth tragó saliva al escucharla —tuve que aprender tanto, ella… Amber no me salvó, así no funcionan las cosas, Margareth. Ella me enseñó que debía amarme yo primero, que debía curarme, que tenía que llenar mi propio vacío, ese que sientes tú yo también lo sentí y ese que sientes tú no lo puede llenar nadie más, solo tú. No estás sola, te tienes a ti… Y aquí estoy yo… yo que soy tú y que te amo…



Margareth comenzó a llorar, las lágrimas salieron una una sin detenerse, hasta que sintió los brazos de la otra Margareth, que era ella misma, envolviéndola con fuerza.



La vida la había llevado a lo que necesitaba; ella pensaba que necesitaba a alguien que le diera sentido a su vida, pero a quién realmente necesitaba era a ella misma, necesitaba aprender a amarse primero.


Después de un rato más, supo que el momento de regresar al fin había llegado. La otra Margareth y Amber la llevaron al lugar donde el portal seguía abierto, Amber le dio un fuerte abrazo despidiéndose con ternura de ella, Margareth, la otra Margareth hizo lo propio. Y entonces al fin regresó a su realidad, con aquello que le hacía falta entender.



A su vez, la otra Margareth y Amber regresaron a su casa, sabiendo que iban a extrañarla, y que aquello que había pasado era lo más extraño e increíble que habían vivido y que probablemente iban a vivir. Por supuesto que nadie iba a creérselos nunca y por supuesto que nunca lo iban a contar.


Estaban ya en la sala cuando la puerta sonó, Margareth se levantó y abrió y lo que vio frente a ella la dejó sin aliento…



— ¡Amber! —le gritó, Amber fue rápidamente y sintió que el corazón iba a salírsele en ese preciso momento.



Frente a ellas estaba una mujer exactamente igual a Amber, era como estar viendo un espejo. La mujer, al observar a Amber, se desmayó en ese preciso momento.



—No… otra vez aquí vamos —dijo Margareth sin poder creerlo, mientras Amber se quedaba petrificada como estatua y Margareth se acercaba la otra mujer que aún yacía desmayada en el suelo…





FIN…


Publicado por angieprainbow

Convierto lo roto en poesía. Un día escribí y ahora ya no puedo dejar de hacerlo.

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